lunes, 22 de mayo de 2017

White light.


Ellos dicen que tengo una luz blanca que me acompaña.
Yo les digo que ya estoy cansada, que me quiero deshacer de ella.
"Todo estará bien, deja de pensar tanto."
Pero eso es lo que una mente desocupada hace.
Aunque una ocupada también.
Creo que padezco el peor de los males.
Ese de saber que estás demasiado loca y cuerda al mismo tiempo.
Por eso me la paso ebria, tomando malas decisiones todos los días.
Sin poder sentir los golpes, ni dejar caer las lágrimas.
Sólo paseo mi mirada alrededor buscando algo que distraiga mi mente,
un punto que logre sacarme de este espacio desolado.
Un punto. ¿Cuál es el punto de todo esto?
Entender que mi vida no tiene sentido alguno.
Que digo cosas al azar intentando que éstas juntas suenen coherentes.
Sí, es eso. Ahí tienen su luz blanca.
Ella se debe a que nada en mí se mantiene estable,
las palabras y acciones dan vueltas en mi cabeza, flotan y se alejan.
No tengo verdaderas intenciones con nada, ni  con nadie.
Así que perdón si hago daño, pero es que...
Simplemente, está hueco dentro de mí.
Y esa es otra forma de decir que soy una chica que se siente vacía.
Porque siempre hablo de lo mismo.
Siempre caigo en lo mismo.
Intenté seguir siendo buena persona,
de cualquier manera.
Intenté no perder las esperanzas,
pero, ¿qué he ganado con eso?
Dolor, y más dolor.
Tal vez, ya es el momento adecuado,
para apagar esa luz blanca.

Daniela.

miércoles, 12 de abril de 2017

Golpes de año nuevo, más un intento de mesonera con malas energías.

Hola a todos, desde tres meses que comenzó 2017 y yo sólo he venido aquí a confundirlos con cartas extrañas de un tal muchacho llamado José sobre amor, desamor y cosas sin sentido. Qué desconsiderado de mi parte llegar sin si quiera preguntarles cómo les ha ido, pero bueno, qué se le va a hacer, ya saben como soy. Así que, aquí viene una entrada más sobre mi vida, junto a un montón de explicaciones.


¿Cómo la pasé el fin de año? Pues, es algo complicado responder esto. Mi familia y yo volvimos a reunirnos como de costumbre, logramos hacer hallacas, pero no se hizo la tradicional cena de colocar una gran mesa bajo el cielo nocturno, brindar, comer todos al mismo tiempo y compartir cuentos. Tampoco hicimos intercambio de regalos. Simplemente cada quién cogió su comida y se fue a preparar para la medianoche. Una vez listos, mis primos y yo bajamos a la plaza del pueblo —porque ahí es donde se reúne toda la gente—, dí por primera vez de las ganancias de mi trabajo duro para comprar una botella de ron, preparamos los tragos y nos tomamos fotos. Nos encontramos a viejos amigos, Samuel y José, los hermanos que estaban detrás de mi prima y yo, pero esta vez con algo diferente, novias. Di vueltas a través de todo el bullicio de gente con un amigo, y éste me presentó un montón de personas que no logro recordar, no eran nada interesantes. En eso, me topé con un viejo amor, Elvis, nos saludamos, hablamos acerca de lo que ha sido de nuestras vidas estos últimos días y me invitó a bailar. No lo voy a negar, él pasó toda la noche junto a mí y me divertí, pero no creo que tuviésemos las mismas intenciones. En un momento quiso besarme, y yo quedé como: whaat, you get confused boy. Lo de nosotros ya pasó, así que ya no quería volver a repetir el mismo error de liarme con él justamente como pasó hace un año, él ya no produce ningún efecto en mí, lo veo y es como uhg, y además no podía dejar de pensar en el otro chico. Oh, y no solo eso, sino que lo peor fue que vomitó y pretendía que siguiera a su lado, ahora mucho menos te beso pues tienes mal aliento, fue lo que le dije. Fue gracioso.

Cuando por fin salió el sol y pensamos en regresar a casa, uno de mis primos se había emborrachado tanto que quedó dormido en una silla, completamente muerto. Así que, empezamos a buscar a alguien con auto que nos llevara, y a fin de cuentas terminamos en el todoterreno de los primos de Elvis. Íbamos cerca de quince personas ahí, y ya que todos todavía estaban llenos de alcohol y del espíritu festivo del año nuevo, decidieron tomar la ruta hacia las aguas termales (a casi dos horas del pueblo) con el posible riesgo de morir en el intento. Mis primos le mintieron a mi madre con respecto a nuestro paradero y apagaron sus teléfonos cuando estábamos a mitad de camino, todo sonaba a que más tarde me matarían. Pero, a la verga, ya no había vuelta atrás "nadie se imaginaría que estarían en una aventura con nosotros un primero de enero", decían los muchachos. Hacíamos paradas para tumbar racimos de bananas, pedir agua e ir al baño, yo iba prácticamente dormida y para cuando llegamos al sitio, la gran mayoría prefirió tomar una siesta que meterse al agua. No pasamos tanto tiempo allí, veinte minutos como mucho; nos regresamos "por un camino más corto" pero en él habían lomas, potreros, fango, animales del monte y todo, menos civilización, hasta que al fin paramos en una casa cuyos dueños conocían a uno de los que venían con nosotros; fueron gentiles y nos dieron comida.


El resto del camino se basó en quedarnos prácticamente dormidos —hasta los que no tenían asiento—, cosa que nos costó un gran susto, pues, según cuenta mi prima, a medida que sus ojos se cerraban y abrían gracias a la vibración del carro, muy cerca de quedar dormida; ella mira hacia la carretera y nota que ésta va doblando hacia la izquierda, pero nosotros nos dirigíamos hacia la derecha, donde no había asfalto, solo la cerca y una pendiente. Ve al chico que va conduciendo con los ojos cerrados, así que enseguida toma el volante y el carro bruscamente cambia de sentido; los escucho a todos gritando como locos, y ahí es cuando me despierto y lo primero que veo es el alambre de la cerca a unos cinco centímetros de mi cara. A partir de ahí más nadie durmió. Luego, casi llegando al pueblo, nos detiene la policía; pero gracias a que aquí la policía es un fiasco, no fue para nada más que decirnos que tuviéramos cuidado, porque íbamos muchas personas en el auto y podía acontecer una tragedia. Gracias, pero ya nos dimos cuenta.

Ahora, viene lo realmente malo. Pero, ¿qué puede ser más malo que haber estado aguantando hambre, sol y sueño con una bola de borrachos con los que pudiste haber muerto? Mi madre. Se volvió completamente loca cuando nos vio llegar, y la escena que estoy a punto de describir es muy horrible; primero me empujó, me gritó que entrara rápido a la casa y yo no dije nada, empezó de nuevo a gritar que yo era una mentirosa, que había abusado de su confianza y que lo único que había estado haciendo por aquel sitio era "putear", yo la verdad en ese momento no me sentí ofendida ni nada, porque yo no había hecho completamente nada en todo ese tiempo, así que intentaba esquivarla mientras le decía: ¿Pero, qué te pasa?, con un tono muy suave. Entonces se volvió más loca, y gritó: ¡De paso, vienes borracha! Y yo que llevaba desde las cuatro de la madrugada sin siquiera tomar agua. Se fue hacia mí con la intención de tomarme del cabello, pero ahí intervino mi primo —el que había estado muerto de la borrachera— en medio de las dos y le dijo: ¿Qué le vas a hacer a Daniela? Ella no ha hecho nada. Pero eso no detuvo los delirios de sociópata de mi madre, así que, los golpes que yo iba a recibir, los recibió él. Y todo esto ocurrió en la calle mientras todavía seguía el auto con todos los otros que nos acompañaron, adentro. Vieron todo, qué humillante.

Mis tías no se metieron, mi mamá también les gritó al resto de mis primas que eran unas malditas alcahuetas y eso a ellas no les gustó. Yo simplemente me fui a dormir. No estaba molesta, ni frustrada o siquiera arrepentida por la locura que habíamos hecho, porque está bien hacer algo sin sentido de vez en cuando, que luego valga la pena recordar para reír, ¿no creen? Lo único que sentía era un poco de decepción por mi mamá, porque una vez más había creado un problema a partir de suposiciones e inventos, y lo había arruinado todo. Lo siento, pero yo, culpabilidad de algo, no sentía. No le pedí perdón y ella a mí mucho menos, no nos hablamos por un buen tiempo; ahora lo hacemos, pero no porque hayamos hablado sobre el tema, sino por otras circunstancias. En fin, ya me da igual.

Unos días después de eso, mi papá me consiguió trabajo en el restaurante del hermano de mi antiguo jefe, ya que en ese sitio podía optar por un puesto fijo. Fui a conocer a los jefes, me explicaron la rutina de todos los días —me dejaron claro que les gustaba tener todo limpio— y yo accedí. Justo conmigo comenzó a trabajar otra chica de mi edad que anteriormente ya conocía, pero que me caía mal; no tuvimos de otra que tratarnos, trabajar en equipo y soportar juntas todo lo que nos sucedió allí, sí, nos volvimos amigas. Y al mismo tiempo, enemigas de lo jefes. Eran dos, el hermano de mi otro jefe y su ex; fueron pareja durante doce años, se separaron y a pesar de ello seguían manteniendo el negocio juntos, siempre daban al ambiente mucha incomodidad y tensión. No eran gente. Nos gritaban por todo, si no nos veían haciendo algo nos mandaban a hacer la cosa más estúpida, no podíamos sentarnos ni descansar al terminar de comer, nos trataban de ignorantes, nos hacían limpiar de forma exagerada y constantemente querían meterse en nuestras vidas o humillarnos —si doy detalles probablemente necesitaría dos entradas más para contarles a fondo cada cosa que me pasó—. Y estaban locos. Creían en santos y era nuestra obligación bañarlos con agua ardiente, prenderles velas y darles un paseo por todo el restaurante. Y si al hacerlo no llegaba la suficiente gente para obtener ganancias, se molestaban por eso y nos decían que teníamos malas vibras. Mi compañera y yo trabajamos nada más que dos semanas en ese sitio, creo que fue la experiencia más horrible de nuestras vidas.

Esperen, y esto que les estoy contando solo pasó durante las primeras semanas de enero. O sea que sí, tengo muchísimas cosas más por contar, me han ocurrido muchos cambios en muy poco tiempo; con las personas, la universidad, el trabajo, y esto, mientras Venezuela ahora mismo se cae a pedazos. Es una locura. Pero lo contaré en la próxima entrada, que no sé cuando vaya a publicar porque cada vez tengo menos tiempo. En fin, les mando un millón de besos y buenas energías, esas que claramente yo no tenía. Y que sigo sin tener, creo.

Daniela.

lunes, 6 de febrero de 2017

Carta del último día en que nos vimos. [2]

Miércoles, 25 de enero de 2017.
8:25pm.
Querido José:
... Me quedé por un momento sola mientras tú ibas hacia el bar a cobrar las cuentas de los clientes del restaurante, puesto que en éste estaba fallando el punto de venta; miré hacia una de las neveras y la encontré repleta de marquesas, recordé que hace poco habías dicho que tenías ganas de comerte una de chocolate blanco, pero que estaba muy cara como para comprarla. Pero yo tenía el dinero suficiente en mi cartera. Al instante, vi a Eduardo con un plato en cada mano, así que lo ayudé y juntos te llevamos el almuerzo, te vimos comer y me dejaste tu ensalada, lo cual fue lindo ya que tú por lo general no compartes la comida. Saqué de sorpresa la marquesa, que exactamente no era del sabor que querías porque de esa no había, pero que de todas formas te sacó una sonrisa ya que tú comes cualquier cosa, así que sí valió la intención. La comimos entre los tres, y de la nada llegó Jhana, pensé que había llamado a mi casa y arruinado toda la farsa que yo había montado en mi casa antes de salir, pero no fue así, de alguna manera me cubrió, creo que el destino estaba de mi lado. Luego llegó mi papá y no nos quedó más que compartir cuentos y risas. Ponerme tus lentes y tú mi suéter, escuchar rock, que me mostraras uno de los dibujos que una vez hice estando aburrida en el trabajo y que sin yo saberlo guardabas en tu cartera, que me dieras tu carnet estudiantil de recuerdo y me acariciaras el cabello por última vez.
Mi momento favorito fue cuando se nos ocurrió ir a comer helado sin decirle a nadie, tú, Jhana y yo, llegar a la heladería y que ella tuviera que irse en realidad fue coincidencia, eso no lo habíamos planeado, pero no cayó mal. No sabes cuán nerviosa estaba, no sabía cómo comportarme ni qué decir, menos mal que de eso te encargaste tú...<<Entonces, ¿soy una rata?>>, comenzaste diciendo porque hace rato yo te acusaba de haberte besado con la tipa de treinta años y con aquella que llamamos "bandida" por ir con un hombre diferente cada que va al bar —lo cual no me gusta recordar—, y te defendiste aclarando que eso no era como yo creía, que no lo habías hecho, que en tu vida sólo habías tenido una novia real y no recuerdo que más; nada de eso cambia el recuerdo de lo que hiciste, pero sentí que todas esas justificaciones que me diste eran para que no te fueras mientras yo tuviera una mala imagen de ti, y así fue. A continuación dijiste que, ¿estábamos en una cita romántica? Pero que nunca antes habías estado en una de éstas, y pensándolo bien, yo tampoco. Tuvimos nuestra primera cita romántica juntos, justamente un día antes de que te fueras... Qué triste, me hubiera encantado tener un millón más de esas contigo. Y aunque no éramos los mejores en ellas, pues dime, ¿a quién se le ocurre hablar de la virginidad en un momento así? Hubiera deseado que nadie nos interrumpiera, pero tu papá llamó para avisarte que pronto pasaría buscándote, y nos apresuramos a terminar el helado. Ahora que hago memoria, hubo momentos en los que te encargaste de darme en la boca y yo intentaba hacer lo mismo —me alegra no haber hecho ningún desastre pues mis manos de verdad temblaban—, fueron detalles muy lindos. También te pedí que te quitaras los lentes por unos segundos, ¿te acuerdas? Era porque quería ver esos bellos ojos tuyos color atardecer que tanto me encantan, me harán mucha falta esas extrañas miradas que a veces nos dedicábamos, en las que nos decíamos 'me gustas, pero es un secreto'... Creo que en eso éramos especialistas, en observarnos, en anhelarnos, en tratar de llegar al fondo de nuestra alma por medio de la mirada, porque eso era lo único que se nos permitía...
 Salimos de allí y nos fuimos camino abajo, te pregunté: <<¿y no piensas regresar, no sé, para visitar a tu mamá?>>, como última oportunidad para mantener las esperanzas. Pero dijiste: <<No, en ese caso le enviaría dinero para que ella me visite a mí... Porque, ¿quién me queda a mí aquí por visitar si ya todos se van? ¿si ya todos mis amigos hicieron sus vidas, a quién voy a visitar... a Daniela?>>. Y yo respondí "claro" con la voz apagada. <<Ajá, ¿pero y si te vengo a visitar y tu mamá me da unos cuantos golpes?>>, ingeniaste como para liberar la tensión, <<Pues, tú se los devuelves>>. <<Ajá, ¿pero y si tu papá me corta la cabeza? ¿cómo vamos a hacer?>>, interpusiste una vez más, dudé un segundo sobre qué responder, pero las palabras se me escaparon: <<Pues entonces tú... espera, ¿cuál cabeza?>>. Y ambos no pudimos aguantar la risa, pero fue algo incómodo, no sé por qué se me salió. Más abajo, te tomé del brazo para ir entrelazados, y al hacerlo me sonreíste de una forma muy adorable, demasiado, tanto así que me alegré de haberlo hecho, y al instante unos muchachos que te conocían al vernos así te gritaron "¡eso José, por fin te volviste hombre!", nos reímos y me mencionaste por lo bajo: <<Lo que ellos no saben es que yo continúo siendo gay, no mucho, pero sí un poquito>>. Cuando te escuché decir eso en forma de broma, ni te imaginas las ganas que me dieron de frenarte ahí mismo y exigir... Hagamos la prueba, bésame. Pero no, iba a parecer muy lanzada. Así que me resigné a seguir caminando tomada de tu brazo mientras me contabas la historia de las frases "rascado y enamorado" y "se cogieron a mis mujeres y no pude defenderlas", que tanto decían tú y los demás muchachos del trabajo. Sí que pude gozar de reír con eso.
Llegamos al centro comercial, y tuviste que ir con mi papá al restaurante, en eso apareció nuevamente Jhana, y junto a Eduardo empezaron a atosigarme para saber si te había besado o dicho algo, y al revelarles que no, me atacaron con que, tú si eres lenta, por qué no lo hiciste, así que les respondí gritando: <<¿QUÉ SE SUPONÍA QUE LE IBA A DECIR, JOSÉ TU ME...>> Y entraste por la puerta. Estuvo cerca, pero otra vez, nada pasó. Luego tu papá llegó, nos abrazaste a todos bruscamente, a mí me dijiste "I love you so much" y saliste corriendo. Esta noche también lloré, porque ya sabía que te había perdido sin siquiera poder haberte dicho... José, tú me gustas.
Siempre tuya,
Daniela. 

jueves, 2 de febrero de 2017

Carta del último día en que nos vimos. [1]

Miércoles, 25 de enero de 2017.
8:25pm.
Querido José:
Este día transcurrió de forma extraña, hubo nubes, pero también estuvo soleado de a ratos. Yo esperaba que lloviera porque para mí las tormentas significan 'nuevos cambios', nada de tristezas o cosas así, no, porque la lluvia nos limpia de todos los rastros de estos malos días, así que vi conveniente que hoy sucediera, ya que en menos de veinticuatro horas te vas a otro país, pero no, raramente eso no pasó, no logro entenderlo. En fin, quiero hacer un recuento de mi día, me levanté cerca de las nueve de la mañana con el rostro de un sapo con ojos rojos e hincados, sí, el hecho de que me haya pintado ayer el cabello y ahora sea medio-rubia no quiere decir que me he vuelto en una maldita vacía y que no pueda llorar como las perras en las películas, pero créeme cuando te digo que tenía esas intenciones. Lo que pasó fue qué, ayer después de abrazarte dos veces —sin decir ninguna palabra de aliento porque sentía que así haría la despedida más larga y dolorosa—, me fui actuando que no me afectaba para nada tu ida, pero la verdad es que me volteaba cada tres pasos para ver como te alejabas con mi papá y Nelson hacia el restaurante para hablar con el jefe, pensando que esa sería la última vez que te vería, así, de espalda y dejando todo atrás. Eso de verdad me puso mal. Llegué a mi casa diciéndome, Daniela, te está pasando otra vez. Nada de lo que anheles es posible, te dejará aquí sola sin saber nada, sin tú haber hecho nada. La historia de no lograr nada, se repite. Entonces, me puse como loca y le escribí a Eduardo (el chico de seguridad que trabaja con nosotros) para preguntarle si seguirías hoy temprano en el sitio en el que vivías para ir a visitarte —en realidad no sé de dónde coños salía tal fuerza de voluntad para hacer eso— y así despedirme de una forma más sentimental o qué sé yo. Eduardo te llamó para averiguarlo y al instante me dijo que tu papá te había pasado buscando para que pasaras la noche en su casa; y mi mundo explotó —suena ridículo y todo, pero así se sintió —, mis fuerzas fueron cayendo una por una, la ansiedad se apoderó de mi respiración, nada tenía sentido, mis mensajes ya no enviaban para ingeniar otro plan con Eduardo, a mi alrededor todo se desplomaba y mientras sentada sentía una extraña presión dentro de mis costillas, como si me arrancaran el alma, mi único deseo era gritar. Me limité a encerrarme en mi cuarto "para dormir" con las luces apagadas, y coloqué una lista de reproducción de canciones que se adaptaban completamente a mi situación:
My Chemical Romance - Cancer 
Daft Punk - Instante Crush ft. Julian Casablancas 
 Soda Stereo - De música ligera
Twenty One Pilots - Goner
Airbag - Por mil noches
Las que son en español son las que más me hacen pensar en ti, sobre todo la última, porque siento que hablara de nosotros. Qué irónico, ¿no? Pues una vez te dije que no me gustaba el rock en español, cuando tú eras todo lo contrario, mírame ahora. Lloré mucho, cerca de dos horas hasta lentamente quedarme dormida; hacía tiempo que esto no me pasaba, eso de retorcerme entre llantos en la noche mientras el resto duerme, en sumo silencio cuando toda yo me estoy destruyendo. Por lo general trato de ocultar las señales de que estuve llorando, pero hoy al medio día mi mamá al verme me preguntó: ¿por qué lloraste toda la noche, que tienes esos ojos tan hinchados? ¿estás cansada de la vida o qué? Me dio risa, ella ni se lo imagina. Pero sí, estaba cansada, no de la vida, simplemente sin ánimos ni alientos, desesperanzada.
 Y es entonces, cuando por fin me llegan los mensajes de Eduardo para decirme que estarías en el restaurante dentro de un rato, así que, si quería verte tenía que alistarme enseguida porque corría el riesgo de que no aguantaras mucho tiempo ahí y te fueras. Comí, me bañe, vestí, y antes de poner un pie en la calle tuve que inventarle a mi mamá la gran excusa de que iría con Jhana (la morena que trabajó conmigo en otro lugar) a reclamarle a nuestros ex-jefes el pago de la semana que nos debían. Salí victoriosa, ahora, el siguiente paso era no llegar demasiado tarde, porque si iba y no te encontraba, colapsaría, porque quizás la ilusión de verte por última vez era lo que me mantenía de pie, nada más, tenerte cerca y sonriendo era lo único que necesitaba. Gracias a Dios o a lo que sea, ahí estabas, con tus lentes de sol y camisa blanca, adorable, sentí muchísimo alivio al poder saludarte de nuevo, pero, tenía un nudo en la garganta al saber que muy pronto tendría que resignarme a perderte de aquí hasta quién sabe cuando. Me sentía apagada, sin saber qué hacer, Eduardo decía que se me veían las ganas de llorar, y yo mientras tanto fingía serenidad...
C O N T I N U A R Á . . .