jueves, 4 de agosto de 2016

Querida Daniela: Un año después, por una ocasión especial.

Hace un año que no te enviaba cartas, así que te preguntarás qué provocó que en esta ocasión lo hiciera, ¿no? Pues te graduaste de la secundaria, ¡Alcanzaste una meta! O al menos es así como todos suelen decir. Pero, yo no vengo a hablar sobre qué maravilloso fue tener una entrada llena de aplausos, ni de la supuesta alegría que se siente al recibir un título, y no, mucho menos sobre la melancolía que genera el separarte de tus amigos y de la vida de idiotas adolescentes que compartían. Eso será en otra ocasión. Porque en estos momentos vengo a quejarme de ella, de su actitud y de la manera en que poco a poco logró acabar con tu paciencia.

Creo que no hacías esto desde hace mucho tiempo.

¿Cómo pudo ella enojarse durante casi un mes por planear una fiesta de graduación pequeña de sólo amigos y luego hacer como si nada al enterarse de que entrarías en la universidad? ¿Cómo pudo ella alegrarse de que estudiarías algo que no querías? ¿Cómo pudo ella prohibir que salieras con tus amigos cuando obtuviste el índice académico más alto de tu promoción? ¿Incluso, cómo mierdas no pudo hacerte saber que estaba orgullosa por ello? ¿Cómo pudo decir que estaba inconforme con todo lo que habías preparado para el discurso de graduación? ¿Cómo pudo ser incapaz de darte un poco de confianza, o de manifestar que más que sea le gustaba una mínima parte él? ¿Cómo pudo pretender que fueras aburrida como ella? ¿Cómo pudo ella tomar tu pasión por la escritura como un objeto de burla en una conversación con amigos?  ¿Cómo pudo simplemente hablar de todo lo malo que has hecho y nada más? ¿Cómo pudo ella emborracharse el día de tu graduación con el padre de tu mejor amiga, cuando su madre tenía menos de un año de haber muerto? ¿Cómo pudo pensar sólo en ella cuando se supone que era tu día? ¿Cómo pudo siempre exigirte ser intachable cuando ella destruyó su imagen en el más inadecuado de los momentos? ¿Cómo no pudo arrepentirse de una sola cosa? ¿Cómo no pudo pedir perdón?

Y fue doloroso para ti haber dicho todo esto, puesto que, a nadie le gusta hablar mal de su propia madre. Pero, en esas circunstancias te afectaba tanto lo que había pasado que no podías simplemente no prestarle atención. Sentías repulsión, decepción y no sé si odio en cada palabra que aquí habías escrito, porque ella rebasó tus límites hasta el punto de volverte una miserable en esta carta. Puesto que no eras capaz de decir esto que contenías frente a ella, una vez más eran tus diarios los únicos que sabían lo que ella ignoraba, porque ni si quiera le importaba. Que poético, qué patético. Mientras ella pasaba horas y horas en su trabajo siendo la persona más atenta con sus clientes o colegas, no se molestaba en imaginar el daño que consumía a su hija.
Esto es algo que sólo tú recordarás.

Siempre tuya,
Daniela.