miércoles, 24 de febrero de 2016

10:36 am

He pasado varias semanas velando hasta media noche. Con pocos indicios de inspiración, puesto que mis emociones ya no se asoman con tanto ímpetu. Me falta chispa, vivacidad, pero creo que soy yo quién ni se molesta en recobrarlas. Pienso que tomo a veces decisiones cuyas consecuencias no atisbo, en otras palabras, creo que simplemente no pienso en nada, no razono, ya no existen lógicas. Al igual que un amigo cercano, me harto de que mi curso siga intacto mientras me repito refranes como "todo llega a su tiempo" o "todo pasa por alguna razón" para poder mantenerme en calma; sé que debería hacer más, sé que debería conocer más, pero, te mentiría si te digo que existe una razón por la cual no lo hago, porque no la hay. O al menos no sé si exista. Y esto para mí es algo nuevo, pero si tú lo sabes, dime, ¿Qué significa dejar de hacer lo que amas, aunque no estés cansada? ¿Qué es intentar y no poder? ¿Por qué ahora me confundo y no entiendo la forma en cómo debería hablar? Ya no puedo sentirme extraordinariamente bien, o ineludiblemente mal. Ya no saco prosa de mi mente o mi corazón, sólo de mis manos. Me he arrastrado hasta aquí después de que me lancé a los brazos de un torrente de cenizas creciente, en el cual, mucho antes de entrar ya estaba perdida. Me he quedado sin aire, sin llanto, sin amor, sin esperanza, y lo más horrendo de todo, es que no me siento mal con eso. Dime que me clave en una cruz, y lo haré, pero con la cabeza en el lugar de los pies. Dime que ya no soy importante, porque cada vez me parezco más a otros. Dime que me han robado el alma, y que lo mío no es buscar.

Daniela.