viernes, 30 de diciembre de 2016

Mi carta a Santa para este 2017.

Querido Santa, ya sé que es pasado del 24 de diciembre y que no recibí regalos por haber sido una niña mala este año, así que pensé que quizás no habría ningún problema con que te escriba ahora que estamos a mano, ¿no? Tú no me diste nada, y yo no me quejo. Bueno, se supone que las cartas te van llegando unos días antes de la víspera de la navidad, pero yo decidí hacerlo con muchísima anticipación para que tengas el tiempo suficiente de cumplir mis deseos y llevar a mi casa los regalos que de verdad necesito a lo largo de este nuevo año, 2017. Comencemos, primero quiero pedirte por mi país, Venezuela, porque creo que ya hemos llegado demasiado lejos; la escasez es insoportable, millones de familias —incluyendo la mía— se han tenido que acostumbrar a que en sus comidas falten cosas, a tener que remplazar el azúcar por la panela, el arroz o la pasta por ensaladas, entre otras, a saltarse platos del día, a racionar lo poco que se tiene porque no podemos consumirlo todo enseguida y a negarnos gustos pequeños como un café con leche, una torta, una pizza o una hamburguesa; y no solo eso, sino que básicos como el shampoo, la crema dental, el desodorante, el jabón de baño y más, se han convertido en solo recuerdos; tampoco hay repuestos para autos, materiales de construcción y la gente en los hospitales se está muriendo por falta de medicamentos y suplementos. La inseguridad es un tema casual, sea la hora que sea, estás expuesto a que te roben, te maten, te violen o te secuestren para vender tus órganos. La inflación es de locos, ¿cómo es posible que un pantalón valga dos veces el salario mínimo? Por todo esto y demás, te pido por favor que lluevan bendiciones sobre Venezuela este año, que podamos sacar al presidente y al resto de corruptos que tienen el poder sin necesidad de guerras o muertos, que no nos falte el pan en la mesa, que podamos salir a la calle sin miedo, que nuestros niños tengan un futuro seguro y nos liberemos de esta incertidumbre, estrés y opresión. Que nuevamente podamos respirar la paz de antes, que logremos independizarnos, conseguir lo que queramos cuando queramos, ayudar a impulsar esto hacia adelante, y que más nunca tengamos que pensar en que no hay comida, en que no hay dinero, en que algo te hace falta pero que no te alcanza, o en la posibilidad de irte a otro país para poder vivir bien.

Por otro lado, te pido que este 2017 venga cargado de aventuras, ojalá ocurran cosas locas, se desaten conmociones y muchas sorpresas. Quiero que sea un año para recordar, y dé de qué hablar. Deseo seguir en el curso de inglés, y pronto ser una bilingüe certificada; hacer mi presentación final de cócteles y obtener mi título de bartender. No sé por qué, pero espero que mi ingreso en la universidad se postergue un poco —sí, llámenme loca o díganme que entre más rápido entre mejor, ya lo he escuchado—, es que siento que por ahora debería invertir mi tiempo en hacer otras cosas, en seguir trabajando para comprarme ropa y demás cosas que de verdad necesito, en salir y conocer personas, en retomar mis hábitos de lectura y escritura que tan abandonados los he dejado, en consentirme a mí misma, en hacer quizás algún viaje para descansar y meditar, en bajar de peso (esto lo continúo viendo imposible, pero vale la intención ¿no?), en pasar más tiempo con mi familia así como cuando tenía quince años y salíamos a la calle a escuchar música, beber y olvidarnos de los problemas; en probar cosas nuevas, en dejar de pensar y comenzar a experimentar.

Finalmente, te pido porque este año hayan unos cuantos amores; sí, leíste bien, estoy hablando en plural. Creo que nunca antes había pedido algo así a Dios o al destino, ni nada que tuviera que ver con la persona indicada o el amor verdadero porque se suponía que eso llegaba solo, pero ahora, después de tanto anhelarlo, ya no lo quiero. Porque el amor es muy sobre valorado, doloroso e inútil, y me ha hecho sufrir de forma estúpida por simples ilusiones. Entonces Santa, ¿qué tal si tú me concedes romances y diversión? Pues ya estoy contando los días para teñir mi cabello de amarillo y cumplir con el cliché de rubia descarriada. No es broma. Y para no despedirme de forma tan descabellada, te pido por el bienestar de mis amigos, mi familia y las demás personas en el mundo, ¡qué todos tengan un feliz año nuevo! Y puedas llevar a sus hogares paz, amor, regalos y lo que sea que necesiten.


Daniela.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Por qué tanta ausencia 2/2.

Ajá, comenzó agosto.
Aunque se me olvidó decirles que unos meses antes de salir de clases las universidades publicaron los resultados de quiénes habían sido admitidos, y como ustedes ya habrán leído, me había decidido por Medicina y yo juraba que me admitirían, puesto que tenía notas muy buenas, la más altas de toda mi promoción, de hecho ya tenía completamente mi futuro planeado. Pero, ese futuro se derrumbó cuando me vi asignada en Enfermería. Por eso es que les aconsejo no asegurar las cosas antes de que sucedan. Para mí fue un gran golpe, lloré, me decepcioné y me enfurecí, porque, ¿entonces de qué me habían servido esos cinco años de bachillerato en los que me había esforzado por ser la mejor en todo? Para nada, porque todo el sistema de selección—así como toda cosa que es hecha por el gobierno de este país es una mierda, también:— es una trampa. Y ni se imaginan el grado de desesperación al que llegué tras saber que personas con notas más bajas que yo habían sido admitidas. Entonces lo que me decía la gente como consuelo ante esto, era: "Es preferible que quedaras por Enfermería porque así empiezas a estudiar enseguida y no pierdes tiempo como los asignados por Medicina aclaración: ésta carrera tiene muchísima demanda, esto agravado con la situación del país y los paros educativos han retrasado mucho el ingreso de nuevos estudiantes. Actualmente apenas están entrado la generación de bachilleres del 2014—, luego del tercer semestre haces las equivalencias de las materias y solicitas el cambio de carrera. Y si esto no es posible, sacas tu licenciatura en Enfermería y luego estudias Medicina". Por donde sea que se mire es un completo caos, las universidades están colapsadas, los profesores se están yendo del país y no hay los insumos necesarios para dar clases. Los que decían que no iba a perder tiempo, en realidad se referían a que no iba a perder tanto tiempo al ingresar por Enfermería, pues, se suponía que debía inscribirme en septiembre, pero pasaron mis inscripciones para febrero del próximo año, y quién sabe si las sigan postergando.

En fin, no hablemos más sobre el futuro que me da ansiedad.


Entonces, si no estoy estudiando, ¿Qué demonios estoy haciendo con mi vida? Ni yo sé qué estoy haciendo con ella. Situémonos nuevamente en agosto, ocurrió mi fiasco de graduación, mis compañeros se dispersaron para disfrutar de sus vacaciones ya fuese yéndose de viaje o quedándose a dormir en sus casas —como es mi caso—, no organizamos ninguna fiesta de cierre, ninguno acordó verse después, y de esa manera pasó el mes sin nada interesante que recordar. O de hecho sí, a fines de éste una amiga cumplía años, junto con otra le hicimos un regalo y fuimos a visitarla; luego del pastel, los chismes, unos cuantos shots de ron y las fotografías, ya casi se hacía la media noche y yo no tenía a nadie que me llevara a casa, ni siquiera tenía dinero para un taxi, así que aproveché un aventón de unas chicas que estaban conmigo en la reunión y que se dirigían hacia el centro comercial donde trabaja mi papá como jefe de un pequeño bar. E idee el plan perfecto: Llegar a su trabajo para que él buscara la forma de llevarme a casa, y así mi madre no se molestaría por haber llegado tan tarde pues tenía la excusa de "haber estado con mi papá todo este tiempo". Le pediría que me comprara una ensalada césar para cenar y cumpliría la razón verdadera de todo este cuento, que era, ver al mesonero que trabaja en ese lugar. Un chico de piel pálida y cabello que reluce como el cobre, siempre que lo veía trabajando se encontraba diciendo cosas estúpidas y riéndose de una forma muy adorable.  Esa noche las cosas salieron mejor de cómo las quería, me dio gusto haber seguido el consejo de una de las que me acompañaba "vamos, sé chica mala". A partir de aquí, éste tenía pinta de convertirse en un amor platónico...

Bueno, comenzando septiembre creo que a mí mamá le empezó a molestar que pasara tanto tiempo en casa sin hacer nada, así que, hizo que me inscribiera en un curso de inglés los martes y los jueves. Por otro lado, mi papá andaba en busca de un trabajo para mí en una local de pollo asado que pronto abriría un amigo de él, pero esto nunca resultó. Celebré junto a mi mejor amiga sus dieciséis en una discoteca en la cual entramos ya que sus primas conocían al dueño, la pasamos excelente aunque tuvimos que bailar solas, pero con mucha bebida. Aproveché varias ocasiones para ir al trabajo de mi papá y comerme con la mirada a José —rápido descubrí cómo se llamaba —, y distraerme un rato ya que las clases de inglés eran muy aburridas y los demás días no hacía nada.

Hasta que...

El miércoles 21, recibo una llamada de mi padre y él me explica: "Hija, tengo un trabajo para ti, pero no sé si te parezca buena idea. Uno de los muchachos en el bar últimamente ha estado fallando mucho, él hace de mesonero sólo los viernes y sábados, ¿estarías dispuesta a ocupar su lugar?". Y A MÍ ME PARECIÓ UNA EXCELENTE IDEA. ¿pero cuándo comenzaba? Esa misma semana. Y mi mamá no se sentía tan convencida puesto que es un trabajo de noche (de 6pm a 3am), soy menor de edad y además del peligro, los hombres también asechan. Pero iba a estar bajo la supervisión de mi papá, aprendería cosas nuevas y por fin tendría dinero, que de verdad necesito por la situación económica del país. Así que terminó aceptando. Algo curioso: Justo el día siguiente saliendo del curso, acordé verme con un amigo para echar chismes, pasamos por la plaza más cercana y vaya sorpresa, ¡nos encontramos con José! Y estaba acompañado de una chica fea, no en plan amoroso... Pero en fin, fue extraño. Ese viernes me inicié en el campo laboral de las cervezas, los licores, la gente borracha y el trasnocho; desde entonces sé que todo ese mundo no es tan lindo como se ve en las películas donde la típica mesonera cumple el sueño americano, en realidad es estresante. Supongo que todo tiene un precio, pero está el lado bueno, y ese es él; no sé si fue rápido o lento el proceso de conocernos, pero seguro es que para mi segunda semana trabajando ahí ya sabía que él quiere estudiar Historia, que tiene veintidós años y vive solo, que le gusta el reggae y el rock, que tiene tatuado en el antebrazo una frase de Kurt Cobain, y que es hippie pero que no le gusta compartir la comida.

No puedo negar que al principio él me ponía nerviosa, de modo que en algunas ocasiones decía cosas estúpidas y en otras callaba para no parecer idiota, actuaba de forma torpe cuando lo tenía cerca y cuidaba mucho cada aspecto mío que sentía no podía gustarle. Sí, esto no suele pasarme, así que lo odio. Pero, se vino octubre y adivinen quién tomaría vacaciones por un mes, ¡mi progenitor! Exacto, me dejo sola con él, el de seguridad, la de limpieza y su suplente durante los siguientes cuatro fines de semanas. YAI. Bueno, no pasó nada escándaloso, aunque creo que ese tiempo nos sirvió para acostumbrarnos a tenernos cerca sin pena y con confianza, yo aprendí a tolerarlo, porque no todo es color de rosa y puede ser algo irritante, egocéntrico y pesado. Mi nerviosismo por él se esfumó, pero cuando regresó mi papá, éste vino acompañado de incomodidad. Y ya no podíamos ser los más apegados frente a él. Ajá, ¿pero qué es lo que ocurre entre nosotros? Otra vez, ni yo sé que es lo que pasa. Creo que esta es la situación más confusa que he tenido con un chico en toda mi vida, es decir, hablamos de lo que sea, "le enseño a bailar", a veces los clientes preguntan si tenemos algo, nos golpeamos de forma estúpida, hacemos planes que nunca se dan, nos decimos indirectas, pero entonces luego va a comportarse como un puto y se besa con una desconocida en el bar, y al regresar es el más atento y cariñoso conmigo. Me hago la loca, dejo que me importe lo que sea que haga, él parece darse cuenta de eso y busca la manera de hacerme reír. Mi papá nota nuestra conexión y hace que nos mantengamos lejos. Luego cuando encontramos la oportunidad de hablar sobre los celos de mi papá, un día me dice "estaría mal que nosotros tuviéramos algo", pero al otro "tú a fin de cuenta eres la que decide con quién quieres estar". O SEA, ¿QUÉ?. Sí, ese es como Ines, i n e s t a b l e .

Sus acciones me han hecho pensar más de una vez —es solo un pensamiento ya que ninguno de los dos se atrevería a tocar el tema— de que le gusto, a su manera, pero le gusto. Sin embargo, todo es muy complicado, él y mi papá son amigos, conocemos acerca de su putería, nos llevamos cinco años, trabajamos juntos, y además tiene ganas de irse a Ecuador. Es lindo tener esto de un amor platónico, pues en definitiva somos las personas menos indicadas para estar juntas, pero ugh, qué mierda. Ocurra algo o no ocurra nada, los mantendré al tanto. Lo único que me queda por decir es que también estoy haciendo un curso de bartender, y lo terminaré en enero con la presentación de tres cócteles bajo mí autoría, pero ni idea de qué iré a inventar, de seguro será un desastre. Falta tan poco para Nochebuena, pero aquí las cosas están tan apagadas que creo que la gente todavía no cae en cuenta de que ya llegó la navidad y que el año termina dentro de una semana, simplemente estamos dejando que pasen los días sin percatarnos, porque las cosas están tan mal que muchos no comeremos "hallacas", —la comida tradicional navideña venezolana— compraremos ropa, daremos regalos o visitaremos amigos, y preferimos hacernos los locos.

Yo por mi lado, pasaré la víspera de la navidad trabajando. No tengo más nada que hacer. Pero les deseo a ustedes la mejor de las celebraciones, ¡felices fiestas! Que este nuevo año venga cargado de bendiciones y prosperidad, un beso.

Daniela.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Por qué tanta ausencia 1/2.

Voy a escribir por aquí, porque tengo que escribir por aquí. Ya es hora. Já, esto suena a cuando te propones hacer la tarea pero no te lo permite la pereza. Vengo a dar la respuesta de una pregunta que sólo hablando conmigo he dicho, ¿Por qué dejaste de escribir en tu blog? Pues, simplemente porque nada se compara a las hojas viejas de los cuadernos de mi estantería, a un sorbo de café seguido de oraciones trazadas por la tinta negra de mi bolígrafo, al olor y el ruido que suelta el hojeo de las páginas manuscritas, pero sobre todo, la sensación de satisfacción al terminar una agenda con mis memorias y colocarla junto a las demás. Sí señores, he dejado todo por el arte tradicional de mantener un diario, o bueno, no simplemente uno sino varios; esa es otra razón por la cual esto sucedió, pues de repente un día noté la gran cantidad de libretas que tenía y en lo que escribía dentro de ellas: en una narraba mi día a día, en otra habían notas e ideas sobre posibles historias, una tercera plasmaba no más que pensamientos llenos melancolía y hasta unas cuatro más con textos cortos, poemas y frases. Cada una de ellas inconclusas. Por lo que me propuse a completarlas, y de esta manera comencé en agosto del año pasado sin ningún tipo de apuro, mientras pasaba mis días en el gimnasio y los escribía sin omitir detalles, de día y de noche. Terminé un diario antes del regreso a clases y justo me fui por el siguiente, pero con los trabajos y las vueltas que solían dar mi vida y mis emociones, el tiempo se me escapaba de las manos y sólo usaba mis escasas oportunidades para ponerme al tanto de éste. Así fue que empecé a verlo más primordial que mi blog.

Finalizando el primer lapso de clases, tuve que presentar mi proyecto de vida en el colegio, y para ello me basé en la literatura. Hice una gran libreta a mano que constaba cerca de doscientas hojas, y nada más gocé de un fin de semana para poder llenarla, es decir, no dormí absolutamente nada en esos días. Le coloqué un cuento, un cómic, fragmentos de mis novelas y la mayoría de las entradas en mi primer blog; pero aun así no lo terminé. Fue realmente estresante y agotador, pero el cansancio que me produjo al mismo tiempo me generaba felicidad. Así que, más que nunca caía en cuenta de que escribir era a lo que yo en verdad pertenecía; cosa que obviamente me llenaba de emoción, pero, al mismo tiempo de tristeza, pues ya había quedado en el acuerdo de estudiar Medicina conmigo misma. Por ende, sabía que debía aprovechar los lacónicos días que me quedaban de ahí a la graduación para escribir, pues después de eso ignoraba las situaciones en las que podía estar envuelta (universidad, cursos, trabajo). Pero, diciembre estuvo lleno de idas y venidas: las elecciones de los diputados de la Asamblea Nacional y la celebración por parte de todos los que apoyábamos a la oposición; un viaje de fin de semana a los páramos andinos con mis primas, en dónde literalmente una vaca casi aplasta mi cabeza mientras yo dormía en una carpa y dónde casi roban mi teléfono —estuvo desaparecido cerca de cuatro horas—. Ah, en esa oportunidad también tuvieron sexo una tipa y un tipo que ni siquiera conocía en la misma cama que me habían prestado, eso fue antes de salir corriendo hacia la carpa. Fue un fin de semana traumático. Luego mi familia hizo una gran fiesta en celebración de los cincuenta años de una de mis tías, y ésta terminó en problemas pues me descubrieron besándome con un chico. Asimismo falleció la madre de una de mis mejores amigas, justo para el veintidós del mes y estuve con ella en eso del funeral y los rezos. Por último fueron las fiestas de navidad y año nuevo, ésta segunda también trajo problemas y golpes por circunstancias parecidas a las de la fiesta de mi tía. Y de esta manera se me fue el 2015, sin poder escribir.

Este año lo comencé con labor social —trabajo comunitario— como requisito fundamental para graduarme de bachiller. A mis compañeros y a mí nos asignaron en un geriátrico, fue una experiencia muy bonita, servíamos el desayuno a los adultos mayores, compartíamos juegos de mesa con ellos, hacíamos dibujos, dinámicas, conocíamos las historias de sus vidas enteras y de cómo llegaron a aquel sitio, por lo que a veces era muy triste, pues habían personas tan agradables que podían ocupar el lugar de un abuelo/a o de alguien más de tu familia. Eran como niños abandonados que te daban ganas de adoptar. Y como nuestro cierre era en carnaval, hicimos una gran fiesta de disfraces, con serpentinas, máscaras, globos de colores, pitos, y coronamos a los reyes y reinas del baile. En instagram tengo esta foto en la que le coloco la banda a una señora llamada Aura que es todo un amor, tiene 85 años, me contó que de joven fue enfermera y que siempre llevaba el cabello amarillo y sus labios rojos, que el único hombre que amó se llamaba German pero que éste murió de un derrame cerebral cerca de sus 70 años, tuvo dos hijos, pero uno de ellos falleció a los veinte —según ella porque la esposa lo envenenó— y el otro actualmente tiene leucemia, debido a esto no puede estar al pendiente de ella y de su condición de pie diabético. Son muchas cosas tristes para una abuelita tan dulce.


Conocer las realidades de las personas que habitaban allí de verdad nos sensibilizó mucho, algunos quedamos en volver en alguna ocasión, por mi parte para visitar a Aura, y eso hicimos el día de su cumpleaños dos amigas más y yo, el 28 de abril. Después de esa fecha no volví a saber más de ella puesto que, comenzábamos tercer lapso y se venía lo que a todos más nos aterraba: entrega del proyecto de investigación. Es algo así como una tesis, pero más suave ya que estamos en secundaria y si no lo presentas, en definitiva no te gradúas. Y yo la verdad me estaba volviendo loca con eso; primero, porque mi grupo se estaba disolviendo —anteriormente estaba con las que se volvieron mis ex-amigas—; segundo, el tema que teníamos hablaba sobre los pacientes psiquiátricos y quedó estancado por la privacidad que les daban los doctores a éstos mismos por el estado de las instalaciones en las que vivían, tercero, era una locura comenzar desde cero otro proyecto a esas alturas y teniendo sólo de ayuda a la inútil de la nueva profesora. Pero entonces, ocurrió lo milagroso: una amiga que estaba sola y que tenía su investigación prácticamente hecha —gracias a la tutoría de su padre—, decidió incluirnos. Así de fácil, sí, yo también le llamo a eso golpe de suerte. Lo único que hicimos nosotras las coleadas (Estela, Agneris y yo) fue redactar el último y más breve capítulo, sobre encuestas y resultados, comprar materiales para lo que íbamos a presentar, pues ahora nuestro planteamiento se basaba en la "Elaboración artesanal de shampoo, desodorante y crema dental como alternativa rentable a la crisis económica"; porque soy de Venezuela y por si no lo saben, nada de eso se encuentra por aquí. Finalmente, estudiamos, realizamos los productos, llegó el día de las exposiciones y fuimos uno de los mejores grupos, sin mucho trabajo ni nada, fue genial.

Por otro lado, en el ambiente de clases todos compartíamos esa vibra adolescente de disfrutar el último año que nos quedaba en el colegio, y a lo que existía tanta confianza entre sí, nos volvimos un poco locos y aprovechamos cada oportunidad para "formar una gozadera" en la que eramos todos contra todos, hacíamos, deshacíamos, y por consiguiente actuábamos como si nadie hubiera hecho nada. Lastimosamente, no tuvimos último timbre —donde todos nos rayaríamos las camisas, nos tomaríamos fotos, lloraríamos, y sellaríamos nuestra partida— porque a la loca de la directora le dio por quitarnos la última semana de clases de imprevisto para que no hiciéramos el mismo desastre de la promoción del año pasado. Así que, hicimos uno peor, acordamos reunirnos en la entrada del colegio, hicimos ruido, quemamos libros, tiramos basura y explotamos cosas. Fue un cierre diferente, sí, sin tristeza, pero muy vacío. No sé si es que yo soy muy sentimental o qué, pero de verdad hubiera preferido llorar con todos ellos. Y es que, así mismo fue la graduación, rápida y sin emociones, duró menos de dos horas, recibimos nuestros títulos, di el discurso de mi promoción, nos tomamos unas cuantas fotos y todos nos fuimos, no hubo algún plan o celebración, al fin y al cabo no hubo nada más después de eso. Yo me fui a almorzar con mi mamá y la familia de mi mejor amiga, y ocurrió lo que escribí en la entrada anterior, fue incómodo y muy decepcionante.

De pronto llegué a un limbo mental junto a mis vacaciones, pero eso es algo que hablaré en la siguiente parte.
Daniela.

jueves, 4 de agosto de 2016

Querida Daniela: Un año después, por una ocasión especial.

Hace un año que no te enviaba cartas, así que te preguntarás qué provocó que en esta ocasión lo hiciera, ¿no? Pues te graduaste de la secundaria, ¡Alcanzaste una meta! O al menos es así como todos suelen decir. Pero, yo no vengo a hablar sobre qué maravilloso fue tener una entrada llena de aplausos, ni de la supuesta alegría que se siente al recibir un título, y no, mucho menos sobre la melancolía que genera el separarte de tus amigos y de la vida de idiotas adolescentes que compartían. Eso será en otra ocasión. Porque en estos momentos vengo a quejarme de ella, de su actitud y de la manera en que poco a poco logró acabar con tu paciencia.

Creo que no hacías esto desde hace mucho tiempo.

¿Cómo pudo ella enojarse durante casi un mes por planear una fiesta de graduación pequeña de sólo amigos y luego hacer como si nada al enterarse de que entrarías en la universidad? ¿Cómo pudo ella alegrarse de que estudiarías algo que no querías? ¿Cómo pudo ella prohibir que salieras con tus amigos cuando obtuviste el índice académico más alto de tu promoción? ¿Incluso, cómo mierdas no pudo hacerte saber que estaba orgullosa por ello? ¿Cómo pudo decir que estaba inconforme con todo lo que habías preparado para el discurso de graduación? ¿Cómo pudo ser incapaz de darte un poco de confianza, o de manifestar que más que sea le gustaba una mínima parte él? ¿Cómo pudo pretender que fueras aburrida como ella? ¿Cómo pudo ella tomar tu pasión por la escritura como un objeto de burla en una conversación con amigos?  ¿Cómo pudo simplemente hablar de todo lo malo que has hecho y nada más? ¿Cómo pudo ella emborracharse el día de tu graduación con el padre de tu mejor amiga, cuando su madre tenía menos de un año de haber muerto? ¿Cómo pudo pensar sólo en ella cuando se supone que era tu día? ¿Cómo pudo siempre exigirte ser intachable cuando ella destruyó su imagen en el más inadecuado de los momentos? ¿Cómo no pudo arrepentirse de una sola cosa? ¿Cómo no pudo pedir perdón?

Y fue doloroso para ti haber dicho todo esto, puesto que, a nadie le gusta hablar mal de su propia madre. Pero, en esas circunstancias te afectaba tanto lo que había pasado que no podías simplemente no prestarle atención. Sentías repulsión, decepción y no sé si odio en cada palabra que aquí habías escrito, porque ella rebasó tus límites hasta el punto de volverte una miserable en esta carta. Puesto que no eras capaz de decir esto que contenías frente a ella, una vez más eran tus diarios los únicos que sabían lo que ella ignoraba, porque ni si quiera le importaba. Que poético, qué patético. Mientras ella pasaba horas y horas en su trabajo siendo la persona más atenta con sus clientes o colegas, no se molestaba en imaginar el daño que consumía a su hija.
Esto es algo que sólo tú recordarás.

Siempre tuya,
Daniela.

jueves, 31 de marzo de 2016

Throwback Thursday.

En mi cuarto hay una ventana, atravesada con un hoyo al vacío. Saltaría a través de ella, pero las rejas me lo impedirían. Quiero ver la luz del día y explotar en risas. Desearía tornar en reversa los segundos que me condujeron a este rincón, donde el tiempo está estancado, y los vientos suspiran los fríos anhelos caídos al suelo. Porque aquí sólo abunda el cansancio, el estado mental inundado, los pensamientos a medias, la redención ante las ruinas y la muerte de mi conciencia. A fuera están mis enemigos, ocultando su dolor, viviendo de desperdicios y comunicando de forma inadecuada sus suplicas al destino; a diferencia de mis amigos, compartiendo del vino, saltando sobre nuestras tumbas y despreocupados por las grietas que los rodean. Puedo verlos, aunque sólo los haya oído. Regocijándose como una laguna en una tormenta, mientras yo soy el fango que tantas alimañas descuella.

Es como mirar una pintura correrse; sentir que lo que antes reflejaba paz, ahora es un torbellino; notar que los colores vivaces formaron manchas que no eran más que destellos; encontrar partes borradas, aisladas en el blanco de la monotonía; ver cambios que pocos puedan apreciar como nueva arte; deducir que todo es un desastre y que por ende, ya no tiene valor. Botarlo sin remordimientos hacia el confín del escrutimiento. Aquel sitio donde el color está opacado por las estrellas que tintinean, después de la ventana con rejas.

Daniela.
31 de marzo, 2015.

miércoles, 24 de febrero de 2016

10:36 am

He pasado varias semanas velando hasta media noche. Con pocos indicios de inspiración, puesto que mis emociones ya no se asoman con tanto ímpetu. Me falta chispa, vivacidad, pero creo que soy yo quién ni se molesta en recobrarlas. Pienso que tomo a veces decisiones cuyas consecuencias no atisbo, en otras palabras, creo que simplemente no pienso en nada, no razono, ya no existen lógicas. Al igual que un amigo cercano, me harto de que mi curso siga intacto mientras me repito refranes como "todo llega a su tiempo" o "todo pasa por alguna razón" para poder mantenerme en calma; sé que debería hacer más, sé que debería conocer más, pero, te mentiría si te digo que existe una razón por la cual no lo hago, porque no la hay. O al menos no sé si exista. Y esto para mí es algo nuevo, pero si tú lo sabes, dime, ¿Qué significa dejar de hacer lo que amas, aunque no estés cansada? ¿Qué es intentar y no poder? ¿Por qué ahora me confundo y no entiendo la forma en cómo debería hablar? Ya no puedo sentirme extraordinariamente bien, o ineludiblemente mal. Ya no saco prosa de mi mente o mi corazón, sólo de mis manos. Me he arrastrado hasta aquí después de que me lancé a los brazos de un torrente de cenizas creciente, en el cual, mucho antes de entrar ya estaba perdida. Me he quedado sin aire, sin llanto, sin amor, sin esperanza, y lo más horrendo de todo, es que no me siento mal con eso. Dime que me clave en una cruz, y lo haré, pero con la cabeza en el lugar de los pies. Dime que ya no soy importante, porque cada vez me parezco más a otros. Dime que me han robado el alma, y que lo mío no es buscar.

Daniela.